Prólogo

Quizás otro síntoma de la ya conocida cultura de la inmediatez sea el auge de los estudios técnicos, con amplios contenidos prácticos y uso de nuevas tecnologías. ¿Qué rol juegan asignaturas como la Historia o Filosofía en dichos sistemas? ¿Acaso tiene algún sentido anteponer la enseñanza de lo que ya pasó frente a la contabilidad, programación, marketing…?

El célebre escritor e historiador Yuval Noah Hariri promueve firmemente el papel de la Historia en la educación de los jóvenes y escribe, en su libro Homo Deus, que el objetivo de la historia no es predecir el futuro, sino más bien liberarnos del pasado, y expone la importancia de dicho objetivo con el siguiente ejemplo: 

“Nuestro gusto por las zonas verdes en la entrada de las viviendas no viene con nosotros desde nuestros orígenes, sino que nació en los castillos de la aristocracia en la Alta Edad Media, como símbolo de poder político, estatus social y bienestar económico” dejando entrever que se necesitaba una extensión de terreno y la holgura económica suficiente como para no tener la necesidad de cultivar alimentos. Así pues, lo que nos sugiere Noah Harari es que nos replanteemos la idea de que nos gusta el césped porque es bonito, como ejemplo para acercarnos a la verdad liberándonos del pasado.

Estudiar la Historia debería tener el propósito, además, de descifrar los factores e interrelaciones que fueron responsables de producir los hechos tal y como los conocemos. Unos factores que, a veces, pudieran mostrarse ocultos en el momento concreto de la historia, pero que quizás- como si estuvieran aguardando tal momento cientos de años- son fundamentales para conocer la Historia de la humanidad. 

El papel de la bicicleta en la historia

Aquí podría entrar en escena, ¿por qué no?, nuestra querida bicicleta. A primera vista, se diría que la bici ha jugado- fundamentalmente- un papel como medio de transporte en nuestras sociedades. ¿Y si habláremos, sin embargo, de que la bicicleta cambió el mundo, a través de una revolución cultural y social? ¿Y si tuviéramos las esperanzas depositadas en ella- sin saberlo, quizás- para impulsar la transformación urbana que se requiere? Para ello, nos confiamos al estudio del pasado, para conocer el alcance de la invención de la bicicleta y su influencia a lo largo del tiempo en nuestra sociedad. Los resultados de dicho análisis serán, además, la evidencia más fiable de que la bicicleta puede- y debe- impulsar el cambio que nuestra sociedad requiere.

Como bien describe Carlos Zúmer en El País, “el ciclismo (o, más concretamente, la bicicleta como antecedente) se construyó con los materiales de la modernidad, desde lo tecnológico hasta lo atlético, desde lo ocioso hasta lo comunicativo, en la era de la prensa masiva y rentable, de los salarios crecientes y de constantes mejoras en carreteras y ciudades. La bicicleta aprovechó todas esas inercias y precipitó los cambios. Irrumpió dando la impresión a sus contemporáneos de culminar, de alguna manera, todos esos avances burgueses e industrializados, los de la materia y los del espíritu” . 

Como primer cambio que la bicicleta propulsó, expondremos el rol que este vehículo centenario ha tenido para la emancipación de las mujeres. 

A finales del siglo XIX, mientras la reina Victoria de Inglaterra gobernaba medio mundo, las mujeres de a pie carecían de derechos tan fundamentales como el derecho de sufragio o el derecho a la propiedad. Su día a día se reducía al ámbito doméstico, con la obligación de respetar a su marido y atenerse a los manuales de comportamiento que la sociedad les imponía. Bajo este enclaustramiento y pensamiento retrógrada, que una mujer saliera en bicicleta estaba pues, muy mal visto; “Antes pensaba que lo peor que podía hacer una mujer era fumar, pero he cambiado de idea. Lo peor que he visto en mi vida es una mujer montando en bicicleta”, “una mujer en bicicleta se despojaba irremediablemente de su propio sexo”, afirmaban influyentes periodistas de la época.

Pese a semejante acoso, que en muchos casos iba más allá de agresiones verbales, a finales del siglo XIX las mujeres de clase media-alta fueron atreviéndose a montar en bicicleta, viendo en este acto una forma sencilla de escapar de un mundo que las condenaba a la vivienda familiar. Como señaló Susan B. Anthony, “montar en bici ha hecho más por emancipar a la mujer que cualquier otra cosa en el mundo”. Y es que estas pioneras no solo se enfrentaron a los asentados principios de la época, sino que también pusieron sobre la mesa una idea que sirvió para abrir la caja de pandora: la vestimenta. 

Las faldas no eran nada adecuadas para circular en bici, tanto por el hecho de que se pudieran enredar en la cadena, como por el hecho de que pudiera destapar lo indebido con una racha de viento. Y, sin embargo, cualquier prenda que no fuera una falda estaba vista como un sacrilegio, tanto por lo subversivo como por el miedo de las reacciones que se podían generar. El reto, pues, estaba servido; crear una prenda para las mujeres mucho más práctica para circular en bici. 

Después de múltiples controversias y denuncias, y tras llegar a los juzgados, la llamada “batalla de los pantalones bombachos” finalmente se perdió, pero sirvió para dar a conocer los problemas estructurales que las mujeres de la época vivían. Hecho que, más tarde, sembraría la semilla para la finalmente popularización de la bicicleta entre las mujeres, con la creación de clubes femeninos y la impresión de que se había conquistado un terreno que tiempo atrás había estado reservado exclusivamente para los hombres. 

Y no sería disparatado afirmar que, dichas lecciones prácticas de finales del siglo XIX sirvieron como precedente que desembocó en el sufragio completo. 

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